martes, 21 de noviembre de 2017

"The Ballad of Cable Hogue": La suerte está echada

En este western dirigido por Sam Peckinpah el director introduce temas que no había tratado en otras películas, La supervivencia y cómo influye la suerte en la vida de las personas. Cable Hogue (Jason Robards) es abandonado a su suerte sin agua en el desierto por sus amigos, la casualidad, el azar o la buena suerte hace que el vaquero sobreviva al encontrar un manantial de agua, tan valiosa en el desierto como el oro.


Otros temas interesantes que toca son los avances tecnológicos y el final de una era con la aparición del automóvil, invento que acaba incluso con la vida de Hogue; Hogue representa lo arcaico y desaparece con los nuevos tiempos; y la venganza, a pesar de haber sobrevivido Hogue no perdona a Taggart (L.Q. Jones) y Brown (Strother Martin).

En este western Peckinpah si da un papel relevante a una mujer: Hildy, compañera de Hogue muy bien interpretado por Stella Stevens, pero al final la prostituta trae la desgracia a Hogue.

La fotografía de este filme es bastante descriptiva y minuciosa, pone el foco en la dureza del desierto y en los animales y plantas que lo habitan. A pesar de no ser de los mejores westerns de Peckinpah la novedad de introducir temas que no había tocado antes lo hacen bastante interesante.

M. José Rojo

viernes, 10 de noviembre de 2017

"The Getaway": Con una pequeña ayuda de mi pareja

Sam Peckinpah nos sumerge en una historia sobre La Huida de una pareja a través de la basura que los intenta engullir.

En este caso, Peckinpah parte de una novela policíaca, la homónima La huida de 1958 de Jim Thomson, retorcido e interesante escritor de novela negra que años después trabajaría como guionista para Kubrick en Atraco perfecto y Senderos de gloria. Su obra está llena de perdedores, aprovechados y psicópatas, un universo del que podemos disfrutar en esta película.

Peckinpah, en plena efervescencia de su carrera, aprovecha el material para hacer una película de persecución, una road movie llena de personajes cargados de mala idea que hacen la vida imposible a una pareja que se ve obligada a cometer un atraco para que nuestro protagonista Doc Mcoy (Steve MacQueen) pueda salir de la cárcel… Ya desde las primeras imágenes y gracias al sonido chirriante de los telares del presidio nos metemos en el agujero en el que McCoy se hunde. Telares, ruido y una minúscula celda que hace que el protagonista pida ayuda a su mujer Carol (Ali MacGraw). El director nos muestra como la excelente Ali ni corta ni perezosa hablá con lo que parece un poderoso tejano para ayudar su marido. ¿Qué quiere decir Doc con “Haré lo que quiera”? ¿Incluye eso que su mujer se acueste con el tejano? Eso da a entender Peckinpah con una música romántica rallando en el horterismo pero que nos deja claro que ha habido tema. Llama la atención de esa escena lo dispuesta que está Carol, a la que no se le ve duda alguna.

Doc sale de la cárcel y la mujer le hace esperar un buen rato, quizás para que nos preguntemos si ha habido traición además de sexo? El encuentro con su mujer es un momento bastante delicado (sexo no, violencia sí) hecho con un plano fijo de espaldas de la pareja, después de un curioso flash forward, en el que el futuro parece un pasado feliz.


Pero la pareja no solo tiene que pagar con el cuerpo de la mujer sino que además tienen la misión de atracar un banco, cosa de la que Doc parece ser un especialista. Las cosas salen mal, evidentemente, y la culpa, como no, es de los socios que les asignan a la pareja , unos tipos realmente desagradables.

Un estupendo Al Letieri (el Sollozzo de El Padrino), Rudy Butler en la película, es el encargado de perseguir a Doc y a su mujer por todo el país; el móvil no está claro, pero da la oportunidad a Sam de mostrarnos la maldad del hombre en forma de deslealtad y traición, encarnada en la mujer del veterinario Fran (Sally Struthers) que nuestro amigo Rudy secuestra junto a su marido y que cambia encantada de pareja dedicándose en cuanto tiene oportunidad a humillar a su marido, hasta que este se suicida. Parece sacado de un cuento de Bukowski.

Los protagonistas huyen y en un momento dado deben esconderse en un cubo de basura que acaba en un camión que prácticamente los engulle. Cuando salen de la basura hay reproches de Doc que duda de la lealtad de su mujer y Carol le pregunta si hubiera hecho lo mismo por ella.

Finalmente la pareja logra huir a Mexico ,no sin antes fulminar a los malos con los correspondientes slow motions propios del Peckinpah de la época.

Manuel Leonard

martes, 7 de noviembre de 2017

"La huida": El amor lo puede todo

Esta película de Peckinpah, dirigida en 1972, es una interesante crítica al sistema penitenciario del estado de Texas, uno de los pocos que sigue manteniendo la pena de muerte y los trabajos forzados de los penados para redimir sus condenas. Nos muestra la inutilidad de un sistema corrupto que pone en la calle a delincuentes condenados a volver, como el protagonista McCloy, que está impecablemente interpretado por Steve McQueen, que salva un guion de los más flojos de Peckinpah. Sin embargo, Peckinpah sabe explotar la faceta de Steve McQueen de excelente conductor en huidas imposibles, tanto en ciudad como en campo abierto. McCloy sale de prisión por mediación de su mujer Carol (Ali McGraw), condenado a realizar un atraco a un banco por encargo. Este atraco es el inicio de la acción de un thriller que no aburre al espectador a pasar de la azucarada historia de amor que introduce el guion; los toques de misoginia y de violencia, constantes en las películas de Peckinpah, rebajan la pastelosa historia. La película cuenta con una secundaria de lujo, Sally Struthers, la mujer del veterinario, que, a pesar de una corta carrera cinematográfica, eclipsa a una Ali McGraw tan inexpresiva como en las pocas películas que ha hecho, incluida Love Story, donde su papel de Julieta moderna le valió una inmerecida nominación al óscar que no ganó. Afortunadamente, abandonó pronto su carrera cinematográfica.


El inesperado giro final salva a McCloy de volver a un sistema penitenciario inútil y le da una segunda oportunidad de rehacer su vida ayudado por un buen samaritano harto también del sistema.

María José Rojo

lunes, 6 de noviembre de 2017

"Cable Hogue": El dominio del estilo de Peckinpah

Al ver The Ballad of Cable Hogue (La balada de Cable Hogue, 1970) tras hacer lo propio otras de las películas firmadas por Sam Peckinpah, uno se da cuenta del gran dominio del estilo y la capacidad de captar el tono de una historia que tenía este cineasta. El criticado como “Bloody Sam” (Sam el sangriento) por sus escenas de violencia, lo es tan solo en algunas de sus películas, quizás las que han pasado a la posterioridad, de acuerdo, pero no se puede juzgar toda una carrera por un par de títulos. Todo lo contrario es Cable Hogue, una película agridulce y nada desdeñable con toques de humor, momentos dramáticos y de acción. Entre los momentos de humor cabe destacar todas aquellas en las que aparece el pastor pervertido y las escenas en las que la acción se muestra a cámara rápida, usando un recurso nada esperado en un cineasta que precisamente ha pasado a la historia por sus escenas de violencia a cámara lenta.


La balada quizá sea la película más redonda de Peckinpah. Claro que la anterior afirmación es discutible, pero sin duda, la cinta trata varios de los temas que tanto interesan al cineasta. Uno de ellos es el de la amistad, en este caso traicionada. Otro, el del cambio que sufrió Estados Unidos, y todo el mundo con la llegada del automóvil, que mata a Cable Hogue por duplicado: primero, cuando descubre que los nuevos carros no necesitan agua; el agua, ese bien tan preciado en el desierto y que constituye la única fortuna de Cable, y en segundo lugar, literalmente, cuando fallece atropellado por un carro sin caballos, en concreto el de su amada. Todo un final, el de un personaje y el de toda una era, la de los aventureros.

Jesús de la Vega

lunes, 23 de octubre de 2017

"The Wild Bunch": ¿Poética de la violencia y encumbramiento de la amistad?

Nos encontramos ante una ensalzada película, sino la más alabada, de Sam Peckinpah. De ella, han destacado principalmente su esteticismo en la violencia y su absoluta defensa del valor de la amistad. Cuentan que tuvo problemas para su estreno, pues nunca se había filmado la violencia con esa cámara lenta, recreándo los impactos, repetidos una y otra vez, en miles de cuerpos tiroteados. Y también son muchos los maravillados por esa escena final, la del suicidio colectivo en pos del compañero torturado, dejando atrás su único motivo de vida, el dinero.

Con estas expectativas visioné la peli, y me encontré con una muy bien narrada peli de acción, de argumento muy sencillo: asalto al banco, asalto al tren y asalto al poblado fortificado. Todo ello con el único objetivo de conseguir una renta suficiente para, retirarse unos de la agitada vida de bandidos o correrse unas grandes juergas y volver de nuevo a empezar.

Yo eché en falta la profundidad de los personajes. En Duelo en la alta sierra presentan una evolución, mientras que aquí son monolíticos. Tan solo Robert Ryan, el colega traicionado, que les persigue inmisericordemente, con una contradictoria sensación de admiración y odio, tiene una complejidad en su personaje. No llegamos a saber si su motivo para la caza es tan solo de orden práctico, que le sea perdonado la pena de cárcel; o más bien es de índole personal, Pike Bishop le falló en una aventura amorosa y por ello fue detenido. Y qué decir de cómo queda sin sentido su vida, una vez que han muerto sus excolegas: se sienta ante el lugar de la masacre y asiste, pasivamente, a la acción de los buitres. Tanto los animales comiendo la abundante carne disponible, como los humanos despojando a los cadáveres de todo lo material que pueda tener algún valor. Y estos últimos… ¡han sido sus compañeros de viaje! Con ellos ha conseguido extinguir la vida de su vieja banda. Sus queridos e iguales compañeros. Sí, los que han transitado fuera de la ley, pero bajo unos valores de compañerismo y de supeditación al interés del grupo. Y en frente, y él con ellos, los agentes de la ley: bien los inútiles militares, bien los malhechores contratados por la Justicia, que únicamente saben de la rapiña. ¿Con quién podemos identificarnos los espectadores?

Yo eché en falta el realismo de la violencia, tal y como se siente en Perros de paja. Sí reconozco su esteticismo, pero me faltó su dolor. Quizá los bandidos tengan muy claro su pacto con la muerte. Pero esa ingente cantidad de mexicanos que insensiblemente van cayendo uno tras otro…. Quizá esta insensibilidad esté bien explicada en la escena del asalto al banco, tan llena de tanta mala leche, en la que el “ejército” de las buenas costumbres entona sus cánticos y son acribillados, utilizados como escudos humanos en el enfrentamiento entre las dos bandas. Y vemos como, con la calle llena de cadáveres de bienintencionados ciudadanos, los niños recrean despreocupadamente la escena vivida, jugando a policías y ladrones.

Yo eché en falta una poética en las miradas y quizá también en los comportamientos, tal y como sí que sentí en Pat Garret y Billy el Niño. Tan solo veo un grupo perfectamente organizado, donde cada uno de los componentes tienen muy claro que toda acción tiene por fin único el éxito de la misión: obtener el botín. No importa cuántos de ellos caigan, no hay problema con matar al compañero como si no fuera más que un caballo con la pata quebrada, no pasa nada por dejar que los perseguidores se ensañen con el viejo del propio grupo, a fin de poder escapar los demás. La poética de la amistad que se asocia a esa famosa última escena, yo no la veo más que como un suicidio sin sentido. Siempre fueron prácticos, pero en ese momento se les fue la cabeza, quizá ante tanto tiro y tanto caminar por el límite de la muerte, ebrios de poder, decidieron, sin pensárselo, ir al encuentro de la muerte y descansar en esa carrera sin límite. No veo la amistad por salvar a su compañero Ángel, el único cuyo motivo del asalto al tren es dotar de armas a su pueblo machacado por las facciones de mexicanos borrachos de poder.

Y mientras espero con gran curiosidad al Peckinpah que echará mano del humor en La balada de Cable Hogue, permanece en mi, mágica y evocadora, la potente primera imagen de Grupo salvaje. Ese escorpión, lleno de veneno que mata, asaltado por una ingente cantidad de hormigas, que le imposibilitan toda opción de respuesta.

Terezalo

domingo, 22 de octubre de 2017

"The Wild Bunch": La ley siempre gana

Grupo salvaje: no se puede elegir mejor título para este western que comienza haciendo una minuciosa presentación de los integrantes del grupo de forajidos congelándolos a negro, mientras un grupo de niños torturan a un escorpión, la violencia se muestra como un juego del que hay que reirse los niños juegan entre la muerte mezclándose con todo tipo de violencia como parte de su aprendizaje, así es la vida en el lejano oeste, pecado y virtud, y así de cruda la muestra Peckinpah, con una acción trepidante que no da tregua al espectador a relajarse, de vez en cuando introduce remansos de paz en forma de infinitos paisajes con fotografía muy cuidada y localizaciones que situan la acción de una forma muy descriptiva, o en forma de diálogos llenos de reflexiones mas propias de una escuela sofista que de una banda de forajidos, cuya única aspiración en la vida es la de dar el gran golpe que les permita retirarse al otro lado de la frontera, al sur. Mientras en el sur se lucha día a día por sobrevivir al hambre y la miseria que les acosa, a las revoluciones de militares corruptos pagados con dinero extranjero, como Mapache, y a los gringos, como antes sobrevivieron los indios del sur a los sioux.

Al otro lado de la frontera los forajidos son considerados héroes, la frontera limpia el honor y los crímenes, Pike, Dutch, Ángel y el resto de la banda son los héroes de los campesinos y a ellos confían su suerte.


No aparece ningún papel femenino destacable, la mujer sólo puede ser puta o madre y en ocasiones las dos cosas, pero siempre en un segndo lugar, marcando el trágico destino de los personajes sin apenas pretenderlo; en muchos planos fijos es la atracción de la cámara que busca enfatizar la pobreza mas desgarradora y en ocasiones busca la ternura, con escenas en que los niños quitan el protagonismo a los mayores; aparecen además una multitud de personajes anónimos que ayudan a componer una socidad que vive en la miseria, comparándola con la opulencia y la modernidad en la que viven los militares que los esclavizan y protituyen.

El director hace un retrato completo de la sociedad mejicana con sus luces y sus sombras ayudado por una banda sonora elegida con mucho acierto para la ocasión, que enfatiza la tristeza o la alegría según lo requiere el desarrollo del guión. Se puede destacar la habanera la golondrina despidiendo a los héroes.

La exaltación de la amistad y la lealtad, temas recurrentes de Pekinpah, en esta ocasión también son elegidas como gran final que arrasan con todos los personajes. Why not? (¿por qué no?) La frase repetida una y otra vez, empuja a la banda a salir a la arena como los gladiadores después de haber disfrutado de los placeres carnales, y en la arena sólo puede quedar uno.

Los cadáveres serán despedazados por los buitres y los cazarecompensas que trabajan en equipo. Y como colofón y redondeando una película tan aplaudida por sus acierto, premio para  el forajido arrepentido y colaborador, aunque sea a la fuerza: su libertad. La ley siempre gana.

Mª José Rojo

lunes, 9 de octubre de 2017

"The Wild Bunch": Peckinpah a vista de pájaro

¿Es The Wild Bunch (1969) una película con moraleja? Supongo que no se puede decir tal cosa. No hay nada más lejano a la poética peckinpahiana que catequizar a los espectadores. Sin embargo, a toro pasado, uno se da cuenta de que el cineasta deja caer muchas insinuaciones que se podrían calificar de antropológicas y que darían lugar a varias lecturas.

En primer lugar, hay una confrontación entre el personaje mexicano, Ángel, y los gringos. Así, cuando, al cruzar el río Grande, Ángel dice en español "México lindo", el personaje interpretado por Warren Oates (actor fectiche y alter ego del director) responde "No veo nada de lindo en él, es igual que el resto de Texas". La lectura sería que, mientras el mexicano siente apego por su tierra, los gringos van a donde les pagan. Pero esta lectura no quedaría ahí, porque, según avanza la película, vemos que Ángel no es un mexicano cualquiera. Conserva su lengua, cultura, creencias y amor a la tierra. Es un indio, lo cual lo opone no solo a los gringos sino también a los mestizos que en teoría son sus compatriotas. Da la sensación de que Peckinpah se identifica con los gringos y con los indios pero no con los mestizos y mucho menos con los antivillistas. Así, en un momento el personaje encanado por William Holden dice en un inesperado discurso político algo así como que el mexicano es un pueblo bravo, que guiado por la gente adecuada podría tener mucho futuro.


Da la sensación de que Peckinpah mira a sus personajes a vista de pájaro, como un dios, o, mejor dicho, como un entomólogo, como esos niños que al principio de la película disfrutan torturando escorpiones. Y esto, dejando al lado cuestiones de fondo, está muy patente en la forma de la película. En este sentido, cabe destacar el último plano, en que una grúa nos muestra en picado el futuro o, mejor dicho, la ausencia de él que espera a estos buscadores de fortuna de uno y otro bando que al final deciden juntarse para seguir buscando aventuras, tal vez las últimas de este oeste al que acaba de llegar al automóvil (de nuevo un  momento histórico que aparece en muchas películas del director).

Jesús de la Vega